Trabajadores extraordinarios

Lourdes Ruiz y su dualidad de vendedora ambulante y “reina de albur”

En su obra, esta singular mujer que se gana el pan como vendedora ambulante en el barrio de Tepito, refiere que el albur en México tiene raíces en las culturas prehispánicas de los mayas y los aztecas; hasta Sor Juana, explica, también escribió con doble sentido

No te des a las congojas,

aunque la cosa ande mal;

tú no aflojes el tamal

aunque te jalen las hojas…

El verso de la poetisa Sor Juana Inés de la Cruz forma parte del libro Cada que te veo, palpito. Guía básica (y unisex) para alburear, de Lourdes Ruiz, mejor conocida como La reina del albur, y Miriam Mejía, editado por Grijalbo

El albur tiene, según las autoras, entre otras cualidades la finura de un lenguaje eufemístico con una intención “siempre sexual”, en el que no importa la ortografía, sino el uso de la palabra, es decir, “una frase provocadora disfrazada de expresión inocente”.

El término albur, explican en el libro, tiene dos acepciones: en una, durante la Edad Media, los árabes asentados en España tenían gusto por el pez buri, cuya característica era que brincaba fuera del agua, por lo que el pescador debía estar atento para atraparlo y el término empezó a utilizarse para “otros menesteres”; la otra, de acuerdo con el Diccionario Espasa-Calpe de 1979, que ubica los orígenes de la palabra en el árabe y que significa “el acto de someter a prueba alguna cosa”.

Y hacen una acotación: “someter es un verbo duro, pero nos abre un criterio más amplio, porque… ¿a poco no es mejor poner a prueba algo antes de cogerlo? (si te lo permiten)”.

El doble sentido del lenguaje con intención sexual lo practicaban las culturas indígenas como los aztecas y los mayas, asientan en el libro. Ejemplifican con Sor Juana Inés de la Cruz y versos el siglo XVIII y citan de de nuevo a la Décima Musa:

Y a tanta malicia llega

Malicia tan conocida,

Que me niega la partida

Y la venida me niega.

 

Enfundada en su (casi) inseparable mandil, La reina del albur aventura a los reporteros de RS por las sinuosas avenidas de la perspicacia del florido lenguaje característico de los mexicanos. Y habla sin reservas de una etapa de su vida que le llevó a descubrir un cáncer maldito, cuyo origen se remonta a sus seis años de edad, donde vivía en un edificio del “alto pedorraje” -incluidas escaleras de mármol- del que despectivamente se refiere como una vecindad.

Del babero como prefiere llamar a su mandil, dice que no es de ahora, sino que es de muchos años atrás, característica de las madres que sólo saben  de dónde saca tanta fuerza para dársela a los suyos siempre que la necesitan.

El mandil es parte de su quehacer diario como vendedora ambulante en el barrio de Tepito, donde se gana la vida vendiendo ropa de bebé y ofreciendo “mamelucos de a 60”.

Y del cáncer, en un dejo de desparpajo de los muchos que combina con palabras de doble sentido que la hacen tan especial, mientras le da una chupada tras otra a su cigarrillo, dice con toda naturalidad: “hoy vive él conmigo”.

Foto: Antonio Cruz

Esta mujer rememora: le gustaba resbalarse el barandal de fierro de las escaleras. Un día se dio un golpe muy fuerte en la ingle; pero se lo calla. Dos años más tarde le detectaron un tumor cancerígeno.

Su padre trabajaba en la Fábrica Zaga, donde Don Salvador le sugiere llevarla a evaluación con su primo Jaime Jalife Zaga al IMAN, donde realizaba una especialidad en oncología. Fue operada y durante años se la vivió entre médicos, hasta que decidió ser sólo atendida por su primo. Enfrentó radiaciones y quimioterapias

Un día —calcula haber tenido 14 años— estaba con una doctora. Una llamada de emergencia a la especialista, le dio oportunidad de hojear su expediente clínico, en el que encuentra la firma de su madre en la que autorizaba todo lo que le habían hecho.

— ¿Cuánto me queda de vida? — preguntó.

—Hasta que cumplas los quince años.

Un sentimiento de vivir lo más intensamente posible, la llevó adentrarse en un mundo del que la mayoría no sale nunca más: alcohol, droga, desmanes…”No corro, vuelo”, justifica con naturalidad.

Sus padres —quién puede dudar que agobiados por el destino que parece inexorable—, la llevaron a su primer viaje a Europa, donde con una misa en El Vaticano y baile en el Castillo de Viena, celebró sus quince años que concluyeron con un vestido  en tono rosa de palo  como el de Carlota, que se exhibe en el Castillo de Chapultepec.

Pero continuó en la rebeldía, agobiada por un pensamiento que la hostigaba como cuchillito de palo: “¡me voy a morir!”, impidiéndole incluso disfrutar del viaje. “El motor de los desmanes era el cáncer”, sostiene.

Por razones que la vida con frecuencia no nos explica, empezó a leer. Y cita a Charles Chaplin: “Un día sin reír es un día perdido”, hasta encontrarse con un libro de psicología:  “a mayores complejos, menos reflejos hasta la propia vida”. Encontró la luz en el túnel en el que se deslizaba y decidió no volver a sufrir por el cáncer.

Ahora se ríe de la vida en cuanta oportunidad tiene. Y revela que nació en el 71, aunque prefiere el 69.

-¿Que es más importante, habilidad mental o habilidad manual?-.

-Para el trabajo, manual; para la vida diaria, mental.

Sin recetas engorrosas,

para aliviarse de males

las gotitas milagrosas

del doctor Elver González

“Quien quiere alburear de manera fina, elegante, ingeniosa, necesita poner mucha atención en las palabras e ir aumentando su vocabulario. Un vocabulario prosaico nos puede llevar a la vulgaridad, la chabacanería y la trivialidad; a la pura grosería, pues, y acabaremos en el nivel de esos cómicos que salen en la tele ha de ir groserías y sólo con eso consiguen que mucha gente ría” escribieron las autoras en su libro “Cada que te veo, pálpito. Guía basica (y unisexo) para alburear”.

Entre otras recomendaciones para alburear, mencionan:

“El albureo es como un debate amistoso y humorístico donde la libertad verbal da lugar a un atora y afloja de palabras en apariencia inocentes, pero en realidad impregnadas de intenciones. No se repara de vencer y humillar al contrincante, sino de estimularlo para que se aplique a toda neurona en continuar el duelo y ponerle más chispa.

“Aunque tradicionalmente el albur ha sido una especie de coto o reino masculino, son cada vez más las mujeres que aprenden sobre el asunto e incluso resultan más hábiles que los hombres en tales menesteres. No olvidemos que ‘macho’ se escribe con ‘m’ de mujer y atrás, al lado, adelante o como sea siempre hay una mujer… es más, para que se acuerden, ¡denle un beso a la que les dio la vida!”

Y si bien concuerdan en que se trata de “ensartar” a alguien, no entran en acción los geniales, sino las neuronas. “Los hombres pueden penetrar, pero las mujeres tienen más capacidad y en las manos diez poderosas razones que también pueden disfrutar”.

la reina del albur
Foto: Antonio Cruz

La cuenta está muy grande… ¿se la sumo?

“Soplándome un pito” es el título de un verso incluido en el libro:

Buenas las tengan, señores, ya que sentados están.

Espero no echen suspiros por lo que voy a contar,

pues el lugar es muy chico y cualquiera podrá escuchar.

Paseando yo por Tepito con el fin de regatear,

buscaba nomas un pito para poder saludar,

ya que por más que chiflo nadie me alcanza a escuchar.

¡Cuán grande fue mi sorpresa al intentar preguntar

por el pito más potente que existiera en el lugar!

(No busque más, mi señora, yo aquí le tengo el mejor,

voy a darle muy buen precio, y pa› que regrese, pilón.)

Ni tarda ni perezosa aproveché la soplada,

pues no cualquiera te ofrece, a la primera, probada.

Pero al querer comprobar la potencia pregonada

lo único que logré fue quedarme… re-agotada,

pues por más que le soplé, aquello ya no sonaba.

Decepcionada del chasco que con eso me llevé,

opté por irme con calma: ¡total!, si tanto tiempo esperé…

Y entre el pregón de los puestos, con uno me quede intrigada:

(¡Con este ya no podrá quedar usted más turbada,

pues su tremenda potencia a todos hará voltear!)

Pa no llevarme otro chasco y con ganas de comprar

pedí de nuevo la muestra para poder comprobar.

Ofendido, el comerciante a los ojos me miró

y altanero replicó: (si quiere testificar, antes tendrá que pagar).

Mire si salió abusado, ya me la quiere voltear,

pero eso han querido muchos y no me pienso dejar.

Proseguí pues mi camino, y ya cansada de buscar

decidí de nueva cuenta a la gente preguntar,

y me dirigí a una dama que no paraba de gritar:

(¿Qué talla, joven, qué talla? ¿Lo que le guste aquí hallará!)

(Disculpe la interrupción, sólo quiero averiguar si acaso

sabe por dónde un buen pito podré hallar).

Sorprendida, la mujer mis motivos preguntó;

yo le expliqué con detalle y ella sólo contestó:

(Aquí los mejores pitos bien apartados ya están,

pues son los más socorridos y no los van a soltar;

sin embargo yo le digo que pa› qué tanto buscar:

a falta de pito, dedos siempre y cuando los sepa usar.)

Por supuesto, la respuesta impactada me dejó,

y más cuando la marchanta con sus dedos me sopló.

Y después de las lecciones que sin dudar le pedí,

ahora soy una experta y hasta a chiflar aprendí.

El libro de Lourdes La reina del albur  Ruiz y Miriam Mejía, incluye palabras con doble sentido apodos, culinario, diálogos, dichos, chistes, adivinanzas, variopintos, palíndromos, pajareros… En fin, por sólo 119 pesos, en una presentación tipo francés en una edición en blanco, rojo y negro, es una buena oportunidad de dominar el lenguaje que ya lo enriquecían nuestros pasados.

 

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