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Amieva, el jefe agachón

Durante una reunión a finales de 2017 en el sureste del país, Jesús Ortega y Jesús Zambrano le insistían a Miguel Ángel Mancera que meditara bien a quién dejaría como sustituto en la Jefatura de Gobierno de la CDMX que estaba por abandonar.

Mucho se había comentado que entre los aspirantes con mayores posibilidades de heredar el cargo estaban José Ramón Amieva, Manuel Granados y hasta Héctor Serrano, operador favorito de Mancera durante todo el sexenio.

El hoy coordinador de los senadores del PRD insistía en que Amieva era el indicado; Los Chuchos apostaban por Granados, quien estaba presente en la mesa y no podía opinar, para no ser juez y parte.

Las dudas sobre Amieva eran que estaba más identificado con las causas de Morena, que las del PRD. Que no era confiable ni tenía el carácter para enfrentar la embestida pejista que iba por el Gobierno de la CDMX.

A final de cuentas se impuso la opinión de Mancera y sugirió a la ALDF el nombre de quien había sido su primer Consejero Jurídico, su secretario de Desarrollos Social y más tarde su secretario de Gobierno.

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La propuesta fue recibida en Donceles pero ahí fue atorada, cosa extraña, y no por la oposición, sino por el PRD, que se supone era el partido más interesado en sacar el tema.

Por el lado del PAN, del PRI y hasta de Morena, a través de su entonces vice-coordinador, José Alfonso Suárez del Real, mandaron el mensaje de que si era Amieva no tendrían problema en apoyarlo.

Los morenos iban con él porque lo veían como alguien inofensivo y absolutamente manejable; PAN y PRI porque aspiraban a que les salpicara algo a través de programas sociales para sus campañas.

Si todo estaba listo y no había ningún obstáculo para que el pleno de la ALDF lo ungiera como el nuevo jefe de Gobierno de la CDXM, ¿por qué entonces al interior del PRD existían tantas dudas?

Porque las señales de Amieva eran que no se iba a meter en broncas con Morena ni los iba a enfrentar en el territorio. Y no porque no pudiera usar los recursos del poderoso aparato gubernamental, sino por la traición y el miedo.

Todo mundo sabía que uno de los primeros jefes que José Ramón tuvo en la política fue Alejandro Encinas, quien de haber sido líder del Congreso Constituyente de la CDXM apoyado por Mancera, se había pasado a las filas enemigas de Morena.

Y efectivamente, durante la campaña los líderes territoriales se empezaron a quejar del nulo apoyo que recibían del Gobierno de la CDMX, que a ellos les cerró la llave pero con los morenos se portaba muy condescendiente.

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Los caciques territoriales tuvieron que enfrentar solos al huracán llamado Andrés Manuel López Obrador, al que ni con todo el dinero del mundo hubieran podido parar. De esa derrota no se puede culpar a Amieva, pero sí de su entrega anticipada a Morena.

Aún no habían hecho oficial la victoria de Sheinbaum y el sustituto ya estaba poniéndose a sus pies.

No sólo aceptó armar de inmediato las Mesas de la Transición, cuando faltaba casi medio año para terminar su administración, sino que ordenó a todos sus colaboradores ponerse a las órdenes de los futuros gobernantes.

Sin nombramiento alguno ni documento, los enviados de Claudia exigían información de todas las dependencias. La orden era dárselas, pero no todos acataron; unos prefirieron renunciar antes que servir a quienes antes fueron sus chalanes y hoy quieren ser patrones.

Con su bajón de pantalones, Amieva quedó en un estado de debilidad que le restó respeto ante todos, pues ni actuó como opositor ante los ganadores, ni fue aliado de quienes le llevaron al cargo.

Su agenda pública se convirtió en un relleno para los medios y en algo sin el menor interés para los ciudadanos, que no ven la hora en que oficialmente se vaya para que llegue alguien a gobernar.

Mientras ese momento llega, en los pasillos y oficinas de ese palacio merodea un fantasma al que pocos hacen caso; que ni siquiera infunde miedo porque él mismo teme a lo que le espera cada día.

José Ramón, con el cargo formal de jefe de Gobierno, no tiene autoridad moral para ejercerlo; se entregó antes de tiempo y con ello puso el último clavo en el ataúd de su partido y el de sus ex jefes, que perdieron la pieza clave de su ajedrez.

Aunque mucha gente lo ve a diario, nadie siente su presencia; es un hombre que renunció al poder antes de tomarlo y que entró en pánico cuando Morena ganó.

Ahora se entiende por qué Amieva no llamaba jefe a Mancera, sino patrón. Su personalidad agachona, retraída y temerosa deja ver que no se siente cómodo al mando; necesita de alguien que le dé órdenes.

No se atrevió a hablar ante los diputados para presentar el último Informe del Gobierno que le tocó cerrar, por el pavor de que lo fuera a humillar en Donceles.

En estos momentos todo mundo le impone agenda; lo mismo acepta la cancelación de proyectos manceristas, como la construcción de la Planta Termovalizadora, que se supone daría solución al problema del manejo de basura en la CDMX, que no realizar más obras.

Es más, tan debilitado está que grupos de damnificados lo doblegaron con marchas y bloqueos para obligarlo a que el gobierno destinara miles de millones de pesos para reconstruir casas y edificios dañados por el sismo de 2017, sin costo para los dueños.

Cada día que pasa Amieva se encuentra más solo, al grado de que recién acaba de abandonarlo su coordinador de Gabinete –que ya no tenía a quién coordinar- y es hora que no ha nombrado al sustituto, cuando menos para disimular un poco.

Pero como desde un inicio fue agachón; a su salida lo será igual y así lo recordarán en la ciudad… claro, si es que alguien lo recuerda algún día.

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