En pie de lucha

El Peje se convierte en monstruo

Primero fueron sus trajes Hugo Boss y su reloj Tiffany, de 80 mil pesos, que un fotógrafo captó en un evento de 2005, cuando Andrés Manuel López Obrador era jefe de Gobierno del DF y pregonaba la austeridad republicana y llamaba a vivir en la justa medianía.

Entonces aspiraba por primera vez a la Presidencia de la República y se hacía pasar por pobre pero, eso sí, dio la orden a sus subalternos que le descontaran el diez por ciento de sus salarios a los burócratas de la ciudad para fortalecer su proyecto.

Luego de su derrota ante Felipe Calderón vinieron los viajes por todo el país y algunos  internacionales, en hoteles lujosos de Europa, y jamás pudo explicar cómo es que se daba esa vida sin trabajar.

“Me lo da el pueblo”, era su respuesta.

Después fueron  los tenis franceses Luis Vutton, de 800 dólares, que su hijo Andy lució en un mitin en el que López Obrador hablaba contra los fifís que se apoderaron de las riquezas del país y criticaba a los fantoches y ostentosos.

En la redes de su segundo hijo se encontraron casi mil fotos que él mismo subía con varias mujeres en lujosos yates, tiendas exclusivas de Nueva York y los antros de moda en México y el mundo.

Su junior fue reprendido y canceló su Facebook, pero la huella de despilfarro que dejó sigue vigente.

Cuando se creía que al ganar en su tercer intento la Presidencia de la República se cuidaría más y cumpliría su promesa de “primero los pobres”, y que ni él ni sus colaboradores se darían vida de jeques se casa su más cercano colaborador, César Yáñez.

El Peje tuvo que justificar la fastuosa boda de su escudero, publicada en la Revista Hola, tal vez la publicación más fifí, y nada dijo de la larga luna de miel que disfrutó en París y otros lugares, como si perteneciera al grupo de acaudalados mexicanos.

Una vez más de tocó el tema de los dineros, pues al igual que él,  Cesar dejó de trabajar casi 12 años y aun así le alcanzó para pagar diez millones de pesos por su boda, amenizada por Los Ángeles Azules de Iztapalapa.

Con el bono democrático que obtuvo al ganar aplastantemente las elecciones calmó las críticas, pero apenas le salió otro escándalo, ahora de su hijo mayor, José Ramón, quien se da vida de rey en España, donde fue captado en uno de los hoteles más lujosos, donde la noche cuesta 500 euros.

Esto hace a El Peje mucho más cercano al ámbito fifí que tanto criticó y al que hizo que sus simpatizantes odiaran, que al pueblo pobre que siempre ha sido explotado por una minoría rampante que ha saqueado al país, según dijo.

Amén de los excesos de sus cercanos, todavía está fresca la consulta patito organizada por Morena para acabar con el Aeropuerto de Texcoco, y que él mismo hubiera descalificado a ojos cerrados si la hubiera hecho cualquier otro partido.

Ante todo esto, cabría una simple pregunta: ¿Después de todas estas cosas, quienes votaron por él lo volverían a hacer si las elecciones fueran hoy? ¿Se arrepienten de haber apostado por alguien así?

Porque nada de lo que ocurre debe sorprender a los 30 millones de personas que dieron su voto a López Obrador para que fuera Presidente de la República; lo que está haciendo lo anunció desde su campaña política y son corresponsables de ello.

Aunque en la consulta –innecesaria, por cierto-, fueron solamente 700 mil personas las que votaron a favor de que el nuevo aeropuerto se construya en Santa Lucía, la responsabilidad es también de los 30 millones que lo apoyaron en las urnas el primero de julio.

Lo menos grave es la cancelación del proyecto de Texcoco; lo realmente preocupante es el monstruo que crearon sus fanáticos y que puede ocasionar un daño grave al país, tan sólo por una ambición muy personal de quien cree ser dueño de la verdad absoluta.

Para derrumbar la obra pública más fastuosa que gobierno alguno hubiera construido en México –que no iba a ser la de él-, El Peje se burló de todos y manipuló a sus fanáticos y con ello tratar de legitimar su ambición desmedida por el poder.

No le importó ignorar a las cámaras empresariales, organismos internacionales especializados, asociaciones de pilotos aviadores, controladores aéreos y calificadoras de riesgo-país para imponer su proyecto, ni hacer trampa para ello.

Su decisión de cancelar la obra se basó en un informe muy preliminar, hecho al vapor y por petición de su equipo a la firma francesa Navblue, sobre la viabilidad de Santa Lucía como futuro Aeropuerto Internacional de México.

Ese informe incluye letras chiquitas –que por cierto intencionalmente no leyó-, que señalan que el diagnóstico lo elaboraron con datos proporcionados por la empresa Riobóo, que asesora a López Obrador y que quiere construir el futuro aeropuerto.

El Peje tampoco hace pública la advertencia que en Santa Lucía hay riesgos como la orografía de la zona, el equipamiento tecnológico y la imposibilidad de coordinar vuelos simultáneos entre el Aeropuerto Internacional de la CDMX y esta base aérea.

Pero más allá de las cuestiones técnicas, lo que hay que analizar es si esa será la forma de gobernar de López Obrador, porque nadie -empezando por el propio Peje- habría aceptado una consulta tan ruin si hubiera venido de cualquier otro presidente.

¿Habría avalado que la consulta se realizara sólo en ciertas zonas, con boletas sin folios, que los organizadores se llevaran las urnas a sus casas, que los de otro partido estuvieran con micrófono en mano induciendo a los votantes y que sólo bastara la palabra de una persona para aceptar los resultados?

Por supuesto que no, y es muy lamentable que aún no sea Presidente de la República y ya esté actuando peor que los gobernantes que tanto criticó, pero escudándose en el pueblo.

Es preocupante que El Peje piense que aún está en campaña y se quiera hacer de nuevos enemigos, pues los que tenía –aquéllos a los que llamaba “La Mafia del Poder”- ya los derrotó.

Parece que ahora agarrará de blanco a los ciudadanos que no apoyan sus políticas y a los medios de comunicación, a quienes tachó de asesinos al compararlos con la “prensa Fifí” que –según él- fue la instigadora del asesinato de Francisco I. Madero.

Dice que es defensor de la libertad de expresión, pero que los periodistas que lo critican son pagados y hasta potenciales golpistas, pues están en contra de la democracia.

Ya se ve que está creando enemigos imaginarios para justificar el fracaso de las políticas que prometió en campaña y que no se ve cómo es que las va a cumplir. Seguro echará la culpa de su ineptitud a los periodistas.

El futuro Presidente encabeza a un pequeño grupo de ancianos que decidieron por los millones de jóvenes de este país cancelarles la posibilidad de incrustarse en la modernidad, con un aeropuerto que iba a estar a la altura de los mejores del mundo.

¿Por qué México no puede tener una obra monumental para deslumbrar al mundo y atraer turistas y negocios, y se tiene que conformar con un aeropuerto discreto, casi bicicletero?

Con su decisión López Obrador no sólo se da un tiro en el pie –eso sería lo de menos-, sino lo da en una pierna al país, pues además de las demandas que caerán en cascada en contra de México, introduce un elemento que es peor que n}la negatividad: la incertidumbre.

No hay nada peor que no saber lo que pueda pasar y esa es una regla de oro en los hombres del dinero: si no les aseguran sus inversiones, se llevan sus recursos a otro lado.

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