Trabajadores extraordinarios

Lupe Pintor bajó del cuadrilátero para ser coordinador en el Metro

A diferencia de otros pugilistas, “El Grillo de Cuajimalpa” no derrochó sus ahorros pero fue proclive al amor de sus cuatro esposas y 23 hijos, lleva once años laborando en el STC y espera jubilarse cuando cumpla 65; tras 10 años en el deportivo del sindicado fue asignado al archivo de la clínica de Taxqueña y dice estar contento con la función que desempeña

Un tupido y entrecano bigote luce vistoso en el rostro y la calva de Lupe Pintor, uno de los más destacados integrantes de la época dorada de los campeones mundiales mexicanos de peso gallo. “El grillo de Cuajimalpa” exhibe sus orgullos: no haberse dejado atrapar en los vicios -”no sé de una cruda”-, y sus 23 hijos en cuatro matrimonios; y sorprende al considerar a Julio César Chávez el más grande en la historia del box.  

“Tengo una familia maravillosa”, afirma este hombre que en su etapa de campeón mundial tuvo la fuerza para rechazar un plato de cocaína que se le ofreció porque le dio miedo. Llegó al boxeo agobiado por la miseria y por el maltrato que un chamaco más grande que él le propinaba cuando vendía nieves en su natal Cuajimalpa, y después de insistirle durante un año a su padre para que lo llevara al gimnasio.

El abusivo fue asesinado -”tal vez lo hubiera hecho yo de no haber ocurrido”-. Pintor llegó a los “Baños Jordán” en la calle Arcos de Belem 10, de donde inició, en Tijuana en marzo de 1974 en un combate que ganó por nocaut en el primer round a Manuel “Topo Gigio” Vázquez, a convertirse en uno de los cinco mejores campeones mundiales en peso gallo de origen mexicano.

Transcurrieron cinco años para que le llamara la atención a Arturo “El Cuyo” Hernández, el mítico entrenador de Rubén “El Púas”Olivares, Carlos “El Cañas” Zárate y Alfonso “El Dado” Zamora, campeones mundiales de peso gallo y de personajes de la calidad de Luis “Kid Azteca” Villanueva y Rodolfo “Chango” Casanova.

“El viejo quería más a Zárate y a Zamora que a mí. No me importaba. Esperaba mi momento y me llegó”, dice de manera firme.

En los entrenamientos coincidió con Fernando Espino Arévalo, un prospecto en peso ligero, quien años más tarde -1977- fue electo secretario general del Sindicato de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo (metro), convirtiéndose en un referente del gremio, para quien Pintor tiene palabras de reconocimiento: desde hace once años es agremiado de la organización, gracias a la cual en dos más, cuando cumpla 65 de edad, espera jubilarse. Adscrito a una clínica en Taxqueña en el archivo, confiesa sentirse contento con la labor que realiza.

En un entrenamiento, Zárate, un boxeador ya hecho, lo lastimó en un oído  con un golpe cuando ya iba de salida. No tardó mucho para que en otro evento de preparación, provocara el enojo del “El Cuyo” cuando estuvo a punto de noquear a “El Cañas”, la estrella del mítico entrenador lo corrió del establo. Se refugió en el gimnasio “Atlas” de la colonia Guerrero, para regresar meses después.

A Zárate le ganó el cinturón mundial de peso gallo en una fragorosa pelea en quince rounds, el 3 de junio de 1979. Pintor cayó en el tercer asalto que al finalizar el combate tenía la ceja izquierda cortada y la cara inflamada. Los jueces lo vieron ganar. En su esquina estuvo Tony Torres -asesinado en una trifulca en Garibaldi-, quien junto con Jorge Ugalde y “El Cuyo” Hernández -”el mejor de todos”, concede- guiaron su carrera.

No fue una pelea “tan dura”, considera. Y ratifica lo que en otras oportunidades ha dicho de Zárate: “era un oportunista; no era valiente”; se valía de marrullerías para sacar ventaja como el uso de los codos y que le sirvió para inflamarlo del rostro. Cuando lo tiró, intentó rematarlo y después fue para atrás, lo que “El grillo de Cuajimalpa” aprovechó para tomar la iniciativa en el pleito. “No pude rematarlo”, desliza y admite que terminó “muy lastimado”.

A la distancia y tras doce años en el boxeo profesional, está convencido que la decisión de los jueces de ese enfrentamiento fue justa: él ganó arriba del ring. “El flaco perdió porque hizo marrullerías. Conecté golpes que me llevaron a la victoria”. Y está seguro que si hubiesen peleado dos años más tarde, Zárate no hubiese llegado al décimo round.

“El grillo de Cuajimalpa” tuvo cualidades que se conjugaron para catapultarlo a ser uno de los privilegiados del boxeo mundial y formar parte de la época de oro de los pesos gallos mundiales: disciplina, que le permitió pulir una técnica depurada, combinada con un poder demoledor en los puños.

En una de las ocho defensas del cinturón, en Las Vegas, enfrentó al venezolano Jovito Rengifo. En el sexto round, le conectó un jab de izquierda haciéndolo caer de bruces. Ganó por nocaut con un golpe utilizado para mantener la distancia del contrincante: el poder de los puños de un boxeador que durante años cargó en la conciencia la muerte de un adversario, el británico Johnny Owen, ocurrida el 18 de septiembre de 1980 en el Olympic Auditorium deLos Ángeles.

La muerte del galés Owen, tras 46 días en estado de coma, pudo superarla luego que el 2 de noviembre de 2002, la familia lo invitó a develar una placa de bronce en su memoria.

Es la dureza de un deporte rudo como el boxeo, en el que se juega la vida. Rememora la pelea contra Gabriel Cantera, quien lo tiró en el segundo asalto. “Quedé desconectado”. En el hotel, al caerle el agua fría bañándose, recobró la conciencia sin recordar lo que había pasado en el cuadrilátero: se levantó para ganar la pelea.

“Es una de las experiencias más terribles porque me pude haber muerto”, reflexiona.

En el ring, sustenta, “si es preciso dejar la vida, la dejas”. Para dejar en claro que Zárate no era un boxeador valiente, considera que en la pelea con Wilfredo Gómez en la que perdió lo  invicto, inventó que subió enfermo. “Sí se enfermó, se enfermó de miedo”.

A los 63 años de edad, considera a la disciplina más importante que la técnica en el boxeo. “La base es la condición física para alcanzar el éxito”. La técnica se mejora con la constancia. Y pone de ejemplo el caso del invicto ex multicampeón Floyd Mayweather con una gran condición física y técnica, logradas a través de la disciplina.

En el retiro, cercano a gozar de una jubilación por edad en el servicio público para dedicarse a vivir la vida -viajar, entre otras actividades: sólo le falta conocer Australia y África-, tiene la certeza que forma parte de la cuarteta de mexicanos con una técnica boxística depurada, junto con José Ángel “Mantequilla” Nápoles, el yucateco Miguel Canto y Julio César Chávez.

A Chávez lo considera el boxeador más completo de todos los tiempos, por encima de Mohamed Alí y de Mayweather. Pese a ello no es su ídolo, como sí lo es “El Púas” Olivares, al que ubica como el número uno de los campeones mundiales gallo de la época de oro de los mexicanos, seguido de Jesús “Chucho” Castillo, Rafael Herrera, Zárate, Zamora y por supuesto él.

El apodo de “El grillo de Cuajimalpa”, surgió de niño, cuando intentaba aprender a chiflar y su mamá decía que parecía un grillo. En la colonia donde vivía, nadie lo conocía por su nombre, por lo que cuando empezó a sobresalir en el boxeo y aparecía en los periódicos, sus vecinos decían que se parecía a “El Grillo”, sin descubrir que era él.

Su historia tuvo una infancia complicada: no sólo sufrió los abusos de un niño mayor, sino también de su padre -de su mismo nombre- que, separado de su madre y después de tres años tuvo que recibirlos en su casa tres años después, frente a la imposibilidad de ella por sacarlos adelante.

En la casa paterna encontró humillaciones y abusos. El futuro parecía inexistente para él; pero la vida le tenía reservado un porvenir inimaginable: no sólo logró ser uno de los más brillantes campeones del mundo de peso gallo, sino también conquistó el título supergallo y, con el puertorriqueño Wilfredo Gómez, ofreció, el 3 de diciembre de 1982, un combate calificado como “La Pelea de la Década” por la revista “The Ring”, la que sin pretextos, reconoce, perdió por nocaut.

El 8 de enero de 1982, al perder el cinturón supergallo frente a Samart Payskiatoo , se retiró. Regresó a los encordados, agobiado por un sobrepeso que rondaba los 90 kilos y la amenaza de un paro cardiaco. Luce una figura estilizada, y llama la atención que tiene palabras de reconocimiento para muchos, entre los que sobresale José Sulaimán e incluso “El Cuyo” Hernández: “los quiero, los amo y van conmigo en cada paso que doy en la vida”.

Y valora que todo se lo debe al box, en el que con una foja de 56 peleas ganadas -42 por nocaut-, 14 derrotas y 2 empates, ganó dinero que invirtió adecuadamente y que le permite mantener un ritmo de vida estable. La plaza de coordinador especializado que ocupa en el metro, dice, también se la debe a la profesión de las orejas de coliflor.

“Todo es derivado del box, ¿cómo no amar este trabajo…?”, concluye “El grillo de Cuajimalpa”.

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