Investigaciones especiales

La teoría leninista: la clase obrera, los sindicatos y el socialismo

Parte I: Debate ideológico y actividad política

De manera análoga a la evolución de la doctrina marxista, la teoría leninista referida a la importancia de la clase obrera y los sindicatos en la construcción del socialismo, se desplegó en un periodo histórico caracterizado por el incipiente desarrollo de la industrialización en Rusia; el predominio de la lucha económica y la espontaneidad en las acciones del movimiento obrero; y un agudo debate ideológico, respecto a la actividad política que debían desplegar los socialdemócratas (“socialistas revolucionarios”) para acelerar el avance del sindicalismo, y en torno al papel que habría de jugar el proletariado en la lucha en contra del régimen burgués.

Igualmente encaró –en medio de una amplia pluralidad, dispersión y rivalidad de las corrientes marxistas– varios dilemas: cómo dotar a la lucha aislada, improvisada y poco efectiva, una estructura ordenada, una estrategia y un programa bien articulado; cómo infundir a los trabajadores una verdadera conciencia de clase que les permitiera comprender su objetivo estratégico. Y, paralelamente, Vladimir Ilich Uliánov, enfrentó el desafío de encontrar la fórmula más adecuada y el momento oportuno para vincular al movimiento sindical con la lucha política del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (P.O.S.D.R.), cuyo Primer Congreso tuvo lugar en Minsk, en 1898.[1]

Obviamente, conforme avanzó el capitalismo, creció numéricamente la clase obrera, mejoró su organización y capacidad de lucha; también evolucionaron las ideas, posiciones, tácticas y estrategias leninistas, para que el proletariado asimilara la filosofía marxista y su papel histórico como actor central del cambio del modo de producción capitalista.

La concepción leninista sobre el objetivo histórico de la clase obrera

Para Lenin, la clase obrera era, por antonomasia, la principal fuerza motriz de la transición del capitalismo al socialismo y, después, al comunismo.

En su opinión, ésta, en unión de todos los trabajadores, guiada por su vanguardia partidista, estaba llamada a encabezar el proceso revolucionario cuya misión consistía en derrocar el capitalismo y, en el socialismo, sería la fuerza rectora que habría de edificar la sociedad comunista, en la cual hipotéticamente desaparecen las clases.

Algunos pensamientos de este tipo fueron escritos, entre fines de 1895 y mediados de 1896, en el Proyecto de programa del Partido Socialdemócrata y explicación del mismo (publicados en 1924),  en los siguientes términos:

“Esta lucha de la clase obrera contra la clase capitalista es una lucha contra todas las clases que viven a costa del trabajo ajeno y contra toda explotación. Esta lucha sólo puede terminar con el paso del poder político a manos de la clase obrera, con la entrega de toda la tierra, instrumentos de trabajo, fábricas, máquinas y minas a manos de toda la sociedad para organizar la producción socialista, en la que todo lo producido por los obreros y todas las mejoras introducidas en la producción deben redundar en beneficio de los propios trabajadores”.

Sobre estas mismas líneas, en un discurso pronunciado durante la inauguración (1918) del monumento erigido (en Moscú) para honrar a Marx, Lenin afirmó que “… mientras los explotadores de la época anterior, los terratenientes, robaban y oprimían a los campesinos…, los explotadores de los tiempos modernos, los capitalistas, han visto erguirse ante ellos, de entre la masa de los oprimidos, a su destacamento de vanguardia, a los obreros industriales de la ciudades, las empresas y las fábricas”.

Según las tesis del leninismo, plasmadas en sendos textos –Una gran iniciativa (1919) y Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado (1919)–  la clase obrera puede cumplir la gigantesca tarea de encabezar el proceso revolucionario, en virtud de “las condiciones materiales de la gran producción capitalista” y, especialmente, porque en “el capitalismo… expresa económica y políticamente, los intereses de la inmensa mayoría de los trabajadores,… [y] es la clase más fuerte y más avanzada en las sociedades civilizadas”.

Sin embargo, para consumar este cometido, en el libro denominado ¿Qué hacer? (1902), proyectó dos ideas centrales, que vale la pena recuperar. La primera versa acerca de la acción consciente y la espontaneidad en el movimiento obrero.

A partir del análisis de las huelgas que comenzaron con disturbios y levantamientos espontáneos, pero gradualmente se ajustaron a las demandas más significativas de los trabajadores e involucraron un número cada vez mayor de contingentes de obreros politizados, extrajo lecciones trascendentes: el movimiento espontáneo y el economicismo de las masas trabajadoras, si bien en su fase germinal fue un lucha focalizada contra los patronos; con una conducción política adecuada (de los socialdemócratas o una intelligentsia revolucionaria), más tarde podría dirigirse contra la autocracia y el sistema de explotación.

En efecto, Lenin se opuso a la práctica y teoría sindical que concebían al sindicalismo como un movimiento limitado por las reivindicaciones cotidianas de los trabajadores, un movimiento artesanal y estrecho que no persigue ningún objetivo político de clase; sin embargo, la radicalidad de su impugnación en buena medida se explicaba por el imperativo de afianzar en la convicción de los comunistas, sobre la urgencia de infundir una acción revolucionaria consciente al proletariado y a sus organizaciones sindicales.

Desde esta perspectiva, su finalidad –a pesar de la resistencia y las acusaciones de sus adversarios, dentro y fuera del P.O.S.D.R.– era arraigar fuertemente en la mente y operación política de los militantes socialdemócratas, la necesidad de convertir a los sindicalistas en un pilar fundamental para crear un aparato partidista de carácter revolucionario.

La segunda idea, entre otras cuestiones, recalca la necesidad de la evolución de la conciencia de la clase proletaria hacia una conciencia política de clase. Es decir, no habiendo una alternativa intermedia entre la ideología burguesa y la socialdemócrata, era preciso que los obreros comprendieran claramente que “sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario”.

En este mismo sentido apuntó que es factible “elevar la actividad de la masa obrera” únicamente a condición de que no nos limitemos a la “agitación política sobre el terreno económico”. Y una de las acciones esenciales para la extensión de la agitación política es organizar denuncias políticas que abarquen todos los terrenos, pues “la conciencia política y la actividad revolucionaria de las masas no pueden [lograrse] sino a base de estas denuncias”.

Y más adelante añadió:

“La conciencia de la clase obrera no puede ser una verdadera conciencia política, si los obreros no están acostumbrados a hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y opresión, de violencias y abusos de toda especie, cualesquiera que sean las clases afectadas. . . La conciencia de las masas obreras no puede ser una verdadera conciencia de clase, si los obreros no aprenden, a base de hechos concretos y, además, de actualidad, a observar a cada una de las otras clases sociales, en todas las manifestaciones de la vida intelectual, moral y política de esas clases; si no aprenden a aplicar en la práctica el análisis materialista y la apreciación materialista de todos los aspectos de la actividad y de la vida de todas las clases, capas y grupos de la población. Quien oriente la atención, la capacidad de observación y la conciencia de la clase obrera exclusivamente, o aunque sólo sea con preferencia, hacia ella misma, no es un socialdemócrata, pues el conocimiento de sí misma, por parte de la clase obrera, está inseparablemente ligado a la completa nitidez no sólo de los conceptos teóricos… o mejor dicho: no tanto de los conceptos teóricos, como de las ideas elaboradas sobre la base de la experiencia de la vida política, acerca de las relaciones entre todas las clases de la sociedad actual”.

A partir de estas premisas, Lenin puso el acento sobre la exigencia de que el partido revolucionario asumiera como tarea central todas las demandas progresistas y los movimientos de todas las capas sociales oprimidas, inclusive las “puramente democráticas”. El plan estratégico propuesto en el ¿Qué hacer? fue, por lo tanto, el de la agitación partidaria para unir y conducir todas las protestas, revueltas y movimientos de resistencia elementales, espontáneos, dispersos y aun los “simplemente locales”; todo lo cual derivaría en la creación de una vanguardia compuesta por revolucionarios profesionales íntimamente vinculados con los cuadros más avanzados del proletariado, cuyas acciones trascendieran la frontera sindical y fabril, puesto que la estrategia era la conquista del poder político y la instauración del Estado proletario.

De aquí que, aun cuando Lenin libró una implacable batalla contra los economicistas y hacia la degradación de la lucha revolucionaria, criticando severamente las acciones espontáneas de las masas obreras, entendió que en algunos casos, la acción “espontánea” del movimiento obrero prodedía de muchos años de actividad “clandestina” realizada por un grupo de obreros de base o de una incipiente oposición sindical, o de la influencia de dirigentes políticos revolucionarios, quienes por un periodo más o menos prolongado, habían trabajado estoicamente en la organización de un núcleo obrero.

Pero con la lucidez teórica y la congruencia política que le caracterizó, no se cansó en advertir que era sumamente difícil que la espontaneidad de las masas pudiese ser organizada y dirigida, incluso por los disciplinados activistas y liderazgos marxistas. Reiteradamente puntualizó que la masa por sí misma, con su ingenuidad, desorganización e improvisación, no es capaz de: i) delinear un programa revolucionario que abarque todos los segmentos y problemas sociales; ii) encabezar un movimiento que engendre la revolución socialista; o, iii) construir nuevas relaciones sociales de producción y de una sociedad sin clases.

No obstante, V.I. Lenin, con base en su visión estratégica y experiencia práctica, aceptó que las iniciativas y movilizaciones desordenadas e infantiles de las masas, podían alcanzar importantes éxitos en la conquista de mayores derechos y propiciar un grado más elevado de conciencia política.

Hasta aquí, quizá algún lector se pregunte: ¿entonces por qué en el mismo libro comentado, Lenin también argumentó acerca de la necesidad de que los sindicatos adoptaran una actitud neutral hacia el partido?

La razón real sólo la supo él. Empero, estudios serios de su legado intelectual nos permiten deducir que creía en la neutralidad de los sindicatos, en la etapa cuando el partido carecía (en el movimiento obrero) de una estructura bien organizada, tenía círculos espontáneos, grupos desconectados y  comités de huelga poco experimentados y poco politizados; lo cual era consecuencia de tres factores básicos: la persecución y represión política a la que estaban sometidos por el zarismo; la centralidad que se había otorgado a la lucha económica; y, las deficiencias partidistas.

Estas debilidades, en opinión de Lenin, eran inconvenientes para el propio partido, puesto que incluso podrían haberlo contaminado, justo en el momento de que algunas de sus prioridades consistían, precisamente, darle cause al movimiento espontáneo y constituirse en vanguardia del movimiento obrero.

Autocríticamente Lenin convenía que en esa coyuntura, el partido era pequeño, sus cuadros políticos todavía eran muy frágiles y requerían mayor nivel de preparación ideológica y mejorar su eficacia política y, en este sentido, la neutralidad ayudaría a salvaguardarlo de la presión espontánea de los grupos de trabajadores cuyo estándar de organización y conciencia de clase se distinguía por su precariedad.

Empero, conforme el movimiento obrero fue creciendo cuantitativa y cualitativamente, cuando se desencadenó (1904) una ola de huelgas, en los momentos en que se desató y agudizó la guerra ruso-japonesa y en el año (1905) en que toda Rusia se vio envuelta en una conflagración revolucionaria, que culminó en la primera revolución, etcétera, Lenin instó al partido a asumir una nueva posición sobre la cuestión obrera y sindical.

De hecho, el IV Congreso del P.O.S.D.R. (en el cual participaron 112 delegados con derecho a voto, los bolcheviques tuvieron 46 partidarios y los mencheviques 62), celebrado en Estocolmo, Suecia, entre abril y mayo de 1906; a propuesta de los primeros, aprobó la siguiente resolución:

“El congreso cree que el partido debe hacer todos los esfuerzos posibles por educar a los trabajadores sindicados en un espíritu de comprensión clara de la lucha de clases y de las tareas socialistas de los sindicatos, para a través de su actividad ganar el control real sobre los sindicatos, y que finalmente estos sindicatos puedan, bajo ciertas condiciones, asociarse directamente al partido, por supuesto sin expulsar de ellos a los miembros que no son del partido”.

Como se observa, el resolutivo contiene un enfoque claramente revolucionario, contrario a las posiciones populistas o economicistas de los mencheviques; pero esta formulación, en la perspectiva de los bolcheviques, requeriría de mayor claridad, la cual se tendría gradualmente, en consonancia con el crecimiento del propio movimiento obrero.

Por ello, en el prefacio del libro “Doce años” (1907) Lenin se vio obligado a conceder que en el tema de la neutralidad, tanto él como la fracción bolchevique, habían sostenido un punto de vista erróneo. Al respecto, el líder escribió: “Abogaba en ese momento, cuando escribí ‘¿Qué hacer?’, por la neutralidad de los sindicatos. Desde entonces no he rechazado esta idea, en contra de lo que afirman mis oponentes, ni en panfletos ni en artículos periodísticos. Solo el Congreso de Londres del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso y el Congreso Socialista Internacional de Stuttgart me obligaron a concluir que la neutralidad de los sindicatos no puede ser defendida en principio”.

Respecto a la relación partido-sindicatos, el congreso de Londres (1907), adoptó un acuerdo muy breve: “El congreso recuerda a las organizaciones del partido y a los socialdemócratas que trabajan en los sindicatos que una de las tareas fundamentales de las actividades socialdemócratas dentro del sindicato es: Promover el reconocimiento sindical del liderazgo espiritual del Partido Social Demócrata y el establecimiento de conexiones organizativas con ellos, y allí donde las condiciones locales lo permitan, poner en práctica esta decisión”.

A pesar de lo anterior, los bolcheviques tuvieron una postura excluyente y oscilante, puesto que, por una parte, argumentaron que los representantes de los sindicatos deberían ser persuadidos para que participaran en el trabajo del partido. Por otra, defendían la idea de que el partido debería participar en el trabajo de la Oficina Sindical, pero ningún delegado de ésta debería ser invitado al comité del partido.

Uno de participantes directos del movimiento, de los debates y del proceso de toma de decisiones, explicó esta aparente contradicción de la siguiente manera: lo que finalmente se buscaba era, por un lado, abrir la posibilidad a cierta independencia de los sindicatos; por otro, la estrecha cooperación exigida, al conseguirse la instauración del socialismo, la alineación cercana y la “dirección espiritual” del partido sobre los sindicatos, no era un tema resuelto. Y, más allá, esta discusión ponía sobre la mesa un disyuntiva trascendental: cómo convertir al proletariado y a los sindicatos en la columna vertebral de la arquitectura de la economía y sociedad socialista; y ya instaurado el socialismo, cómo procesar la aceptación de los obreros y sindicatos, de comprometerse plenamente con el asentamiento de una sociedad sin clases.

[1] En la fase inicial del Partido, debido a sus debilidades y problemas internos, Lenin defendió la conveniencia de que los sindicatos asumieran una actitud neutral hacia la institución. No obstante, a partir de los congresos de Estocolmo (1906) y de Londres (1907), cuando el P.O.S.D.R. ya había alcanzado una mejor estructura organizativa y un alto grado de politización, el líder bolchevique planteó la necesidad de concretar la lucha sindical con los objetivos políticos del partido.

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