Trabajadores extraordinarios

Don José Mira combinó desde los 13 años el trabajo con la aventura de vivir

Llegó a ser empleado ejemplar de Firestone

A sus 85 años, don José Mira Estrella encarna a esa vieja generación de trabajadores que en el siglo pasado hicieron crecer a las diversas industrias de México con su pasión y entrega al trabajo; esos tiempos donde los padres inculcaban a los menores el hábito de ganarse la vida desde temprana edad, algo que para Don José se convirtió en una gran aventura de vida que atesora en el baúl de sus hermosos e inolvidables recuerdos.

De buena madera, como solían referirse a los hombres que trabajaron durante toda su vida—de hecho, don José lo sigue haciendo en su modesta papelería–, el personaje que hoy presenta RS a sus lectores, se desempeñó desde los trece años como asistente de una vendedora de tacos a las afueras del estadio de la Ciudad de Los Deportes, allá por 1946; época en que estaciones de radio como la XEW y la XEJP eran los santuarios del entretenimiento y la información, sobre todo deportiva, en esta última, asistía en una emisión tocando un silbato, pero también fue recogedor de bolas en las canchas de tenis del Deportivo Chapultepec.

Nacido en 1933 en el barrio de la Escandón, don José Mira recuerda que apenas había ingresado a la secundaria cuando Doña Lupita, que vivía en la misma vecindad de la calle 12 de octubre, lo invitó a ayudarla los domingos en el  puesto  de tacos que instalaba en las aceras colindantes al Estadio de la Ciudad de los Deportes donde jugaban los equipos profesionales de fútbol, y la Plaza México, donde lidiaban astados las figuras del toreo como Silverio Pérez y Luis Procuna.

El chiquillo se las agenció muy bien para intercalar su función como asistente en el puesto de tacos y antojitos y darse sus “mañas “ para entrar de gratis a ver los partidos de fútbol, teniendo el privilegio de haber visto en la cancha a equipos como el Atlante, el Marte, el Club Asturias y el España, pero también ser testigos de los encuentros sostenidos con las escuadras internacionales de la talla del River Plate, el Vasco de Gama, el Stutgart y el Ferenkvaros, donde jugaba el legendario Ferenc Puskás.

De sangre “liviana” y haciendo honor a su apellido Estrella, por su  buena “estrella”, apenas terminaba su jornada de trabajo en el puesto de Doña Lupita, corría a la Plaza México donde otro de sus vecinos, Don Luis Olmos, que comandaba la porra libre, lo introducía a ver el espectáculo,  aprendiendo  desde las gradas el ABC de la tauromaquia y el  el sonoro “¡óle!

Por esos años también su hermano mayor, Adrián, lo llevó de la mano a otros rústicos estadios como el Parque Necaxa, ubicado en las calles de Obrero Mundial, donde recuerda cómo los aficionados que no tenían para las entradas, se encaramaban en los árboles más altos a ver los partidos.

En el Parque Asturias, asentado en lo que hoy es la Comercial Mexicana Asturias, a un costado del Metro Chabacano, vio figuras del balompié nacional como los atlantistas Horacio Casarín y Juan “El Trompo” Carreño; pero también a otros como  José Valtonrá.

De su amplio y bien surtido catálogo de anécdotas, Don José no olvida una muy en especial cuando en un programa de concursos que dirigía el legendario Pedro “El Mago” Septién, , participó para contestar la pregunta sobre cuál era la alineación del Racing de Argentina.

A don Pepe le faltaban dos nombres de la oncena para ser el ganador, por lo que desde las butacas de la famosa “W”, el público gritaba: “Mago, ayúdale al chavito”. De buen talante, el conductor aceptó y le dijo al novel participante: “Te voy  ayudar: a ver, ¿dónde comes cuando no es en tu casa?”. Don Pepe contestó: “En la calle”. “No”, le dijo “El Mago”. “En un puesto de tacos”, replicó el menor. “Tampoco”, insistió el conductor. “Dime otro lugar que no sea un restaurante”, raudo, don Pepe, añadió: “En la fonda”. “Así es, Fonda”, dijo Pedro Septién, porque así se apellidaba un jugador, Fonda. Pero faltaba una última respuesta  para completar los nombres de la escuadra argentina y el conductor del programa le lanzó otra pregunta: “¿Qué tienes debajo de tu pantalón?”   Y el chiquillo, asintió: “¡Ah, sí, ya me acorde¡ Calzoni”, que era el apellido del jugador faltante  y don Pepe se llevó un boleto gratis para asistir al estadio.

En otra estación de radio, la XEJP, había un programa que conducía Nicolás Luna Sierra (el entonces popular “pelota de trapo”), en una ocasión iban a entrevistar al jugador del Atlante, Angelillo Segura, e invitaron a Don Pepe a ir al programa, teniendo la idea de que el pequeño tocará el silbato para arrancar la emisión. La idea gustó y cada ocho días y “pelota de trapo” anunciaba: “Y ahora, el soplapitos (el árbitro) inicia el partido”. Don Pepe tocaba entonces el silbato; esa era su participación.

Otros de sus recuerdos de niño fue combinar sus trabajos esporádicos con sus visitas al Parque Delta; ahí disfrutó de los partidos de los equipos nacionales con los de Estados Unidos viendo jugadores de la talla de Billy Ray, Raymond Dandridge, Pedro Formental y Lázaro Salazar. Pero, ¿cómo entraba el menor José Mira a estos partidos sin pagar un solo centavo? Narra que entonces los niños podían entrar gratis, siempre y cuando fueran acompañados de un adulto, por lo que bastaba que con su “sangre liviana”, Don Pepe pidiera el favor a alguna persona para que lo introdujera sin ningún problema.

Otra de las formas en que Don José pudo entrar también a ver los partidos de tenis en el deportivo Chapultepec, fue agarrando la chamba de recogebolas, lo que además le daba la oportunidad de agenciarse unos centavitos.

Por esos años y como a cualquier adolescente, a Don José le dio por seguir los pasos de su padre, José Mira Carrillo, fundador del equipo ciclista de Tránsito cuando el general José Manuel Núlez –años después dueño del Atlante–, era el director de la corporación. Ya inmerso en el ciclismo –recuerda don José–, le gustó participar en carreras como la México-Necaxa, de 200 kilómetros; la México- Taxco y la México-Zitácuaro, de 160 kilómetros.

Ya retirado del ciclismo, decidió montar un taller de reparación en las calles de Cuernavaca  y Campeche, en la colonia Condesa donde desfilaron entre sus clientes actrices como Delia Magaña y Elsa Ornelas, quien hizo películas al lado del “rebelde sin causa”, James Dean; a su taller también llegaron personalidades como el compositor Nicolas Urselay, el matador, Alfonso Ramírez, “Calesero” y el hombre que puso música a sus cuentos, Francisco Gabilondo Soler, “Cri-Cri”.

Pero sin duda, el haber conocido a don Armando Tornel, dueño de la Hulera el Centenario, fue el hecho que marcó su vida al ser invitado a trabajar en el mundo de la producción de llantas, un oficio que aprendió desde abajo y lo llevó a ser reconocido como uno de los mejores  especialistas en control de calidad. (Continuará)

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