Investigaciones especiales

Un adolescente que busca respuestas a lo ocurrido en 1994

Diego Enrique Osorno lleva a Netflix una docuserie en la que presenta al público 5 episodios de un año que marcó a México.

El río de sangre en que se convirtió 1994 fue un punto de quiebre y también un punto de arranque para el futuro político, social y económico de México. Es un año que abrió el camino ––con el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta–– a la alternancia en el poder que menos de una década después fuera posible en el país.

Así lo asegura Diego Enrique Osorno, quien a sus 39 años se convierte en director, y lleva a la pantalla de Netflix, junto con Vice Producciones (Audios Media), la docuserie 1994, poder, rebeldía y crimen en México, documental de cinco episodios con una duración de 45 minutos cada uno en los que aborda la tribulación de un país que hizo que no se quitaran los ojos del mundo hacia el territorio mexicano.

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El 23 de marzo de 1994, Diego Enrique se enteraba ––quizá como muchos chiquillos de su edad, 13 años––, junto a sus padres o en familia del crimen cometido contra el candidato priista a la Presidencia de la República.

Esa noticia también a él lo conmocionó. A su corta de edad no entendía bien a bien qué ocurría, ¿por qué?

¿Quién podía explicar a los adolescentes, estudiantes del primer año de secundaria, que el poder también se arrebata de tajo, con las balas, sin pensar en las consecuencias que dejan esos sucesos?

Esa generación está disipada.

La mente de Diego Enrique comenzó a hurgar. Tantas preguntas sin respuestas. ¿Cómo hallarlas?, ¿quién las podía dar, sin mentiras, la verdad? Transcurrió el tiempo. El caso Colosio siguió apareciendo en los diarios, en los noticiarios, en revistas y después también motivo de libros y documentales. 

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Desde hace 25 años, desde ese asesinato, las preguntas fueron “madurando” en Diego Enrique Osorno. Porque después cayó en la cuenta que 1994 no sólo era el homicidio o magnicidio ––como se etiquetó al crimen de Colosio–– lo que le daba inquietud. También fue la aparición, meses antes, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Estudió periodismo. Su nombre comenzó a ser una firma por diversas redacciones de medios impresos, principalmente. 

Inició en un periódico de su natal Monterrey. 

Su trabajo, su profesionalismo, tuvo eco en la Ciudad de México. El director general editorial de Milenio Diario ––que tuvo su primer día de circulación el 1 de enero de 2000––, Federico Arreola, se sentía seducido por las publicaciones de Osorno.

Buscaron al joven reportero para hacerle una oferta laboral, aunque no “tan bien pagada”, de acuerdo con confesiones del propio Arreola.

Diego Enrique se mudó a la capital del país, un trampolín que le permitió imponerse clavados cada vez desde más altura, y ser traducido en otros idiomas. Eso no lo esperaba.

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Tras Milenio Diario, donde tuvo como una de sus fuentes la Cámara de Diputados, el chaval reportero empezó a mostrar el músculo cerebral.

Su nombre se perseguía en la revista peruana Etiqueta Negra, en el diario español El País, en otro influyente medio como lo es el estadunidense The New York Times en su versión en español o en el árabe Al Jazeera, por citar los internacionales.

Ese músculo cerebral también maduró, y ya no se conformaba con reportajes. Ya no cabían en el gran género periodístico.

El siguiente reto se vio materializado en libros, como El cártel de Sinaloa.

Pero la inquietud seguía ahí. La gran duda que se metió en su cabeza a los 13 años, y que le daba vueltas y vueltas. ¿Qué pasó en 1994?

Hace dos años se planteó esta tarea. Comenzar a trabajar sobre lo que encierra y significa el crimen de Colosio, el alzamiento de hombres y mujeres indígenas de las comunidades más pobres de Chiapas. Y todo ello haciendo estragos en la confianza de los inversionistas extranjeros y nacionales para impulsar la economía mexicana. 

Las familias no sólo veían tragedias en la política también estaba en sus bolsillos.

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En 2017, Osorno comienza a indagar en los archivos históricos. Se sienta a platicar con Laura Woldenberg, nacida en 1986 en la Ciudad de México y con licenciatura en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Le cuenta a la directora de contenidos de Vice México el proyecto que trae desde hace mucho acicalándole la cabeza.

El plan también lo debe conocer Bernardo Loyola, especializado en la producción de documentales.

El trío finalmente empezó a trabajar. El grupo estuvo durante un año de aquí para allá con entrevistas, grabaciones y lo que implicó realizar “1994, poder, rebeldía y crimen en México”.

La docuserie presenta 35 entrevistas, aunque se tuvieron más de cien ––pero así es la mezquindad del tiempo––.

Sobre esto habla Diego Enrique Osorno.

¿Cuál fue la más difícil? ––se le pregunta en entrevista vía telefónica, y en el ánimo de que revele lo que no es tan fácil encontrar: a los personajes involucrados y protagonistas de un año convulso. Y, sobre todo, que quieran hablar.

Sin pizca de duda responde: “El ‘Subcomandante Marcos'” (ahora ‘Galeano’, y de nombre de pila, según él mismo, Sebastián Guillén).

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“Para llegar a él, pues imagínate. Pasar filtros en Chiapas, de un lugar a otro. Hasta estar frente a él”.

Lo que platicaron se puede ver en documental en Netflix.

Se le comenta a Diego Enrique que Carlos Salinas aparece ¡30 veces¡ en el documental.

“No se podía dejar de lado al expresidente Carlos Salinas”.

––Sí, pero reconocidos nombres como Miguel Basáñez, exembajador y analista político, apunta a que se trata de un infomercial y un trabajo “endulzado” (21 de mayo, en entrevista con Carmen Aristegui).

“No creo que haya nada endulzado. Se habla de un colapso en la vida de México. Lo que sí veo es incomodidad”, dice el regiomontano.

Diego Enrique anda atribulado. Tantas y tantas entrevistas. Radio, televisión, medios impresos y digitales lo traen de un lado a otro. Su afabilidad le da tiempo para contestar la llamada de una colega a la que no conoce.

––––Diego, ¿viste Colosio, el asesinato? También está en Netflix

“No, sinceramente no lo he visto, pero lo que puedo decir es que entre uno y otro trabajo es la ficción (la primera). Esto es un trabajo documental. Y pretende dar elementos para que la gente tenga otra opinión”.

La crítica ––así es–– da buenas y otras no tanto opiniones sobre un trabajo que, sin duda, es relevante para seguir buscando respuestas a lo que ocurrió en 1994.

A los chiquillos de esa generación les retumba: ” Ay, la culebra”. Estridente y cómplice, sin duda.

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A 25 años del crimen de un político que se metía en lo corazones de los mexicanos –– siempre hartos y siempre dados a volver a confiar––, aparece en la escena de los registros del Instituto Nacional Electoral (INE, antes IFE) un partido con el nombre Colosista. Bajo el trabajo de Gonzalo Nabor, el PC busca impulsar lo que Luis Donaldo Colosio no pudo juramentar ante el Congreso de la Unión: respetar y hacer valer la Constitución…

Nabor, un cercano al malogrado candidato sonorense, lleva más de dos sexenios queriendo registrar el nombre de lo que aún es una organización social, con la meta de convertirse en partido.

“Las condiciones hoy están dadas. Antes no se pudo. Ni con el PAN y menos con el PRI”, indica.

Sabe que tiene mucho por hacer. Asambleas, mítines… Volver a llegar adonde Colosio llegó y donde se truncó un proyecto social.

Gonzalo Nabor no estuvo aquel 23 de marzo en el mitin de Lomas Taurinas, Tijuana, Baja California. La orden desde la cúpula priista era alcanzarlo en el siguiente punto de la gira proselitista.

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“Era yo muy cercano al licenciado, y yo había estado en otros estados con él. Antes de Lomas Taurinas se habían dado “dos circunstancias extrañas”, una en Michoacán y la otra en San Luis Potosí.

Eran los primeros avisos de un homicidio que debía cometerse, de acuerdo con diversos testimonios reflejados y ventilados en un numerosos medios.

El trabajo del fiel colaborador colosista se perfila a competir con otras organizaciones que igual que el PC están afanosos en ir por el país a atraer un voto que, por mucho, Morena no permitirá perder.

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